A veces odio los días festivos. Los negocios cierran más temprano, la gente sale a vacacionar, los holgazanes duran horas hasta muy tarde en la calle y mi casa está vacía.
Es entonces cuando me sobra demasiado espacio y siento la necesidad de estar con alguien.
No lo niego, me gusta habitar en mis pensamientos, conmigo mismo, en mis anhelos y deseos. Pero muy adentro también quiero darme a alguien, compartir mi ser, y recibir el afecto y cariño latentes.
Entre tantas películas, series de televisión, novelas y cuentos, leyendas y rimas, obras y biografías, ciencia y religión, deporte y videojuegos, siento que no existe suficiente emoción, ni tanta pasión, que me agote, que me canse, y mi mente entonces sigue trabajando, en vano, queriendo encontrar lo que no hay, buscando a quien no está.
Espero un futuro, deseando que sea pronto, saber que tengo conmigo todo lo más bello que he estado soñando. Dormir tranquilo, amanecer sonriendo, comer con gusto, satisfecho, porque no habrá bocado que me llene tanto como el amor que habitará en mí.
Me pregunto si cuando eso suceda finalmente, ¿volveré hacia atrás la mirada, riendo, de mis infantiles pesares, sabiéndome como un hombre afortunado y realizado?
Me angustia mucho el futuro. Quiero adelantar las manecillas del reloj, correr hasta cansarme, y ver que han mejorado las cosas, una alegría humilde y pronta. Pero sigo así, sentado, escribiendo al pulso de mis latidos, cargando esta cruz en cada estación.
¡Si tan solo en tres días llegase el amor de una mujer a mi vida!
0 Comments:
Post a Comment