Majeaux y yo habíamos quedado de vernos hoy. Ella tomaría por segunda ocasión su curso de yoga, teniendo éste una duración de casi ocho horas, comenzando aproximadamente a las diez de la mañana en casa de [Liliana], en Siddhannèx, al sur de Harlzbornn. Como ella ya habíame comentado que saldría posiblemente a las cinco de la tarde, le dije entonces que iría a misa de cuatro de la tarde en Il Asoiroir.
Fue así que habíéndome levantado temprano, disfruté de la mañana en casa con mi mamá y mi hermana. Mi idea era salir de Laubax cerca de las dos y media de la tarde, pero mi mamá muy apenas llegó casi cuarto a las tres de la tarde, pues había salidos hacía más de una hora al HEB y yo pensaba que regresaría todavía más tarde. Ella trajo para comer pollo rostizado y Pepsi, mi bebida favorita.
Habiendo comido satisfactoriamente, salí de mi hogar y me dirigí al centro de Harlzbornn, donde más tarde tomaría un taxi para arribar en Il Asoiroir. Como era la primera misa tras la hora de la comida y descanso, ya había mucha gente haciendo fila para la confesión. Poco después de sentarme, arribaron [Manuel] y su novia. Él perteneció al grupo 90 de la Jugendliche Gemeinschaft, aunque inicialmente fue parte del grupo 85. Nos saludamos y ellos se sentaron después de mí en la fila.
Fue así que habíéndome levantado temprano, disfruté de la mañana en casa con mi mamá y mi hermana. Mi idea era salir de Laubax cerca de las dos y media de la tarde, pero mi mamá muy apenas llegó casi cuarto a las tres de la tarde, pues había salidos hacía más de una hora al HEB y yo pensaba que regresaría todavía más tarde. Ella trajo para comer pollo rostizado y Pepsi, mi bebida favorita.
Habiendo comido satisfactoriamente, salí de mi hogar y me dirigí al centro de Harlzbornn, donde más tarde tomaría un taxi para arribar en Il Asoiroir. Como era la primera misa tras la hora de la comida y descanso, ya había mucha gente haciendo fila para la confesión. Poco después de sentarme, arribaron [Manuel] y su novia. Él perteneció al grupo 90 de la Jugendliche Gemeinschaft, aunque inicialmente fue parte del grupo 85. Nos saludamos y ellos se sentaron después de mí en la fila.
Mientras yo hacía mi examen de consciencia, ellos seguía platicando. A los pocos minutos inició la celebración y todos nos pusimos de pie. Más tarde ya estaría yo con el sacerdote, recibiendo el perdón de Dios y su Gracia. ¡Qué hermoso! El evangelio trató sobre la multiplicación de los panes y los pescados.
Había demasiada gente en la iglesia, por lo que tras salir del confesionario fui a las puertas de la entrada principal, frente al pasillo que da al tabernáculo. [Manuel] y su novia, tras haber también recobrado la gracia de Dios, se colocaron a lado mío. En el momento de la paz, pude estrechar mi mano con ellos dos. Gracias a Dios pude comulgar estando en gracia y me sentí muy feliz.
Finalizó entonces la misa y ya había recibido algunos mensajes de mi hermosa novia. Eran ya casi las cinco de la tarde y Majeaux ya tenía poco menos de una hora esperándome, pues me dijo por medio de WhatsApp que salió casi a las cuatro de la tarde y aprovechó para cambiarse de prendas en casa de [Liliana]. Originalmente el plan era vernos cerca del HEB de Garza Sada, pero como ella no aguantaría tanto tiempo esperándome, justamente como lo pensé, así sucedió y fue directamente a Il Asoiroir para esperarme.
Ella me estaba esperando sobre la calle 2 de abril. Había pasado a un 7 Eleven y me compró una Coca-Cola y una botella de medio litro de agua para ella. Al saludarnos fue ella quien me guió para que el beso fuese en la mejilla en lugar de los labios. Hubiese preferido mil veces una Pepsi que una Coca-Cola. Y también hubiese preferido un millón de veces más un beso suyo en los labios que en las mejillas.
Nos encaminamos a su auto. Hoy fue la primera vez que salíamos y que ella lo traía a nuestra cita. Tiene pocos días manejándolo y aún se siente insegura para andar por las avenidas principales de la ciudad. Me dijo que ella quería ir a Beauvêttes en lugar de ir al Dairy Queen de Garza Sada. Pensé que ella se iría por Morones Prieto para llegar más rápido a nuestro nuevo destino pero se negó a hacerlo, ya que no sabía manejar en tal avenida y prefirió el camino más fácil pero más lejano y lento. No la juzgo, pero muy bien pudo haberse todo esto si no se hubiese llevado el auto a nuestra cita y habríamos tomado un taxi y en menos de quince minutos ya estaríamos cerca de María Auxiliadora.
Durante el trayecto platicamos un poco. No quise molestarla ni distraerla de su hercúlea labor de manejar en las calles de Harlzbornn. Lo hizo muy bien. Manejó a buena velocidad, con los debidos movimientos y señalamientos y precauciones. Pero me hubiese gustado que se aventurara a probar Morones Prieto. Pero yo nunca la apresuré. Ella, a pesar de haber salido de su clase de yoga, parecía estresada al manejar, pues me platicaba de los dramas que hay en su casa y que por lo visto la estresan. ¿Entonces para qué tanto yoga o para qué manejar con tu novio mientras tú vas al volante? Digo, ¿para qué tanto drama?
Majeaux se fue por la colonia [Nuevo Repueblo] e [Independencia], para más tarde salir a la avenida Cuauhtémoc y luego irse por la avenida Madero, que más tarde se convierte en la avenida Miguel Alemán. Yo le platiqué un poco de la misa, y del suceso de haberme topada a [Manuel] con su novia. Le relaté sobre otras amistades más que conocí en la Jugendliche Gemeinschaft, como los hermanos Haargues, [Manuel] y Rodgern, sin olvidar el tremendo Billy (Edwan), todos ellos del grupo 90. Ya pronto estaríamos arribando a Beauvêttes y ella se estacionaría en la acera del parque de la parroquia de María Auxiliadora.
Al bajarnos de su auto fuimos por una nieve a un local que queda frente al obelisco de la avenida Linda Vista. Aunque me guste mucho la nieve, yo no tenía antojo de una, pero ella sí. Yo desde hace varios días atrás le había comentado que tenía ganas de ir a los raspados que venden casi en frente de María Auxiliadora. A pesar de que fuimos a Beauvêttes y ella se había estacionado prácticamente delante del puesto de los raspados, nunca pasó por su mente preguntarse si se me antojaba algo (que no fuera una nieve o un elote), ni recordó aparentemente lo de los raspados.
Ella pidió una nieve de plátano con chocolate. Aunque me encanta el chocolate, no me llamaba la atención para nada el plátano, y me daba un poco de asco el probarlo junto con el chocolate. Ya al llegar a la caja, me atonté al parecer, porque dejé que ella pagara su nieve, sin que yo siquiera pareciese que me interesara invitarla. Y no porque no tuviera dinero, claro que sí traía, y para muchas cosas, pero nunca pasó por mi mente pagarle la nieve. Claro que ella no tardó en sacar su dinero y pagó su nieve. Yo por dentro tenía tantas ganas de un raspado, de preferencia de melón. Por eso yo le seguía preguntando que si no se le antojaba otra cosa, para ver si ella con su intuición femenina adivinaba que yo quería algo más que una nieve.
Nos fuimos a sentar en una banca del parque, donde hayamos sombra. A varios metros frente a nosotros creí distinguir a otro hermano en Cristo del grupo 90. Esta vez era [Arturo], el "grillo". Hice una pauta y le platiqué un poco a Majeaux sobre él. Ella luego me siguió platicando de su semana, de las cosas que la estresan y de su familia. Yo atentamente la escuchaba. La quería besar, y mis inquitas manos y mis traviesos dedos no dejaban de acariciarla. Como muchas ocasiones, sentí en más de una vez cómo sus manos controlaban mis impulsivos dedos y manos. Y aunque aparentemente aprendía la lección, mis desobedientes extremidades seguían acariciándola, pero lo que mi mente no sabía es que ésto la molesta... hasta que me lo dijo.
"Bebé, me molesta que lo hagas", me dijo con un tono firme y molesto, muy directo. ¡Claro que dejé de hacerlo! Apenas la dejé de acariciar y ella inmediatamente me dijo "Gracias". Pasaron pocos segundos, mi estado de ánimo se sintió golpeado, humillado, y mis ojos ya no querían verla. Fue entonces que le dije, con un tono pobre, desanimado y, por dentro, triste, "¿Hay algo más que te moleste?".
Ella pareció sentir mis tristes pensamientos. Quiso reponer su brusquedad con algo de dulzura, pero el daño ya estaba hecho. Yo me sentía triste. Ella preguntóme entonces que si yo le diría a ella, en caso de que hubiese algo que me molestara, que si le diría, justo como ella me lo dijo. Yo, muy apenas mirándola a los ojos, le dije que no. Ella no pareció satisfecha ni contenta con mi actitud, pero ahora jugaba a consentirme con su mirada, la cual se dirigía a mis labios.
Si la dejé besarme. Pero yo ya no me sentía seguro al acariciarla. No me molesta que me corrija, pero sí que me molesté por cómo me lo dijo. Claro que reconozco enormemente que tuve la culpa, por seguirla acariciando, después de que ella con sus manos controlara mis impulsos. Recibí entonces mi merecido, pero no me gustó la manera de su castigo. Pasamos pocos minutos más sentados ahí en la banca. Ya eran casi las siente de la tarde. La gente comenzaba a salir de la misa anterior y Majeaux quiso esperar a que la gran mayoría abandonara la plaza y la iglesia, para así poder salir más libremente de la colonia. Nuestra despedida se acercaba.
Al ver que las filas de los fieles católicos disminuían frente a nosotros y cómo los automóviles de ellos se iban desapareciendo por las calles de los alrededores, mi novia y yo nos paramos y nos dirigimos ahora hacia su auto. Yo en dos o tres ocasiones la abracé, y le dije que la quería mucho. Sé que en el fondo no quería darle tanto cariño después de la forma en que me hizo sentir, pero ella no merecía mi desprecio por una tontería. ¿Merecía yo la forma en que me corrigió por una tontería como las caricias de mis dedos?
Íbamos ya en su auto cuando me dijo que dónde me dejaba. Ella se sentía cansada, no lo dudo. Me dijo que en otra ocasión me llevaría hasta mi casa, pero no se sentía con ganas de manejar más y menos sin conocer el rumbo. Lo entendí perfectamente. Aunque yo nunca le pedí que me llevara hasta Laubax. Yo muy bien podía moverme solo. De hecho yo pensaba acompañarla hasta su casa, como copiloto en su auto, pero ella al parecer no quería eso. Quería dejarme de la parada del autobús.
Fue así que le dije que me dejara por el puente peatonal frente al Soriana de Beauvêttes, a una cuadra de la farmacia Benavides. Nos despedimos, y yo busqué sus labios, quise despertar un poco de pasión. Ella siguió un poco el juego, pero supe reconocer que ella no quería seguir por mucho tiempo. Nos despedimos entonces ya de manera oficial y salí de su auto.
Ya al ir caminando hacia el puente peatonal, volteé a verla, y pude divisar cómo con una de sus manos al parecer quitó algún rastro de saliva de nuestros besos. Me dio risa, pero mi mente no podía dejar de pensar en lo pobre que me sentí con su corrección, que no fue nada fraterna, ni mucho menos amorosa, por más que ella me hubiese dicho "bebé".
Lo único bueno de este día fue que sí fui a misa antes de ver a mi novia, y que vi a mi novia. Lo malo de este día fue que lamentablemente salí regañado, con el autoestima bajo, y aunque sí nos dimos unos pocos besos, no fueron como yo lo hubiese deseado. No gasté dinero en ella, así que pude invitar a mi hermana y a mi mamá a cenar algo.
¿Sabrá Majeaux que tiene un novio muy sensible?
Había demasiada gente en la iglesia, por lo que tras salir del confesionario fui a las puertas de la entrada principal, frente al pasillo que da al tabernáculo. [Manuel] y su novia, tras haber también recobrado la gracia de Dios, se colocaron a lado mío. En el momento de la paz, pude estrechar mi mano con ellos dos. Gracias a Dios pude comulgar estando en gracia y me sentí muy feliz.
Finalizó entonces la misa y ya había recibido algunos mensajes de mi hermosa novia. Eran ya casi las cinco de la tarde y Majeaux ya tenía poco menos de una hora esperándome, pues me dijo por medio de WhatsApp que salió casi a las cuatro de la tarde y aprovechó para cambiarse de prendas en casa de [Liliana]. Originalmente el plan era vernos cerca del HEB de Garza Sada, pero como ella no aguantaría tanto tiempo esperándome, justamente como lo pensé, así sucedió y fue directamente a Il Asoiroir para esperarme.
Ella me estaba esperando sobre la calle 2 de abril. Había pasado a un 7 Eleven y me compró una Coca-Cola y una botella de medio litro de agua para ella. Al saludarnos fue ella quien me guió para que el beso fuese en la mejilla en lugar de los labios. Hubiese preferido mil veces una Pepsi que una Coca-Cola. Y también hubiese preferido un millón de veces más un beso suyo en los labios que en las mejillas.
Nos encaminamos a su auto. Hoy fue la primera vez que salíamos y que ella lo traía a nuestra cita. Tiene pocos días manejándolo y aún se siente insegura para andar por las avenidas principales de la ciudad. Me dijo que ella quería ir a Beauvêttes en lugar de ir al Dairy Queen de Garza Sada. Pensé que ella se iría por Morones Prieto para llegar más rápido a nuestro nuevo destino pero se negó a hacerlo, ya que no sabía manejar en tal avenida y prefirió el camino más fácil pero más lejano y lento. No la juzgo, pero muy bien pudo haberse todo esto si no se hubiese llevado el auto a nuestra cita y habríamos tomado un taxi y en menos de quince minutos ya estaríamos cerca de María Auxiliadora.
Durante el trayecto platicamos un poco. No quise molestarla ni distraerla de su hercúlea labor de manejar en las calles de Harlzbornn. Lo hizo muy bien. Manejó a buena velocidad, con los debidos movimientos y señalamientos y precauciones. Pero me hubiese gustado que se aventurara a probar Morones Prieto. Pero yo nunca la apresuré. Ella, a pesar de haber salido de su clase de yoga, parecía estresada al manejar, pues me platicaba de los dramas que hay en su casa y que por lo visto la estresan. ¿Entonces para qué tanto yoga o para qué manejar con tu novio mientras tú vas al volante? Digo, ¿para qué tanto drama?
Majeaux se fue por la colonia [Nuevo Repueblo] e [Independencia], para más tarde salir a la avenida Cuauhtémoc y luego irse por la avenida Madero, que más tarde se convierte en la avenida Miguel Alemán. Yo le platiqué un poco de la misa, y del suceso de haberme topada a [Manuel] con su novia. Le relaté sobre otras amistades más que conocí en la Jugendliche Gemeinschaft, como los hermanos Haargues, [Manuel] y Rodgern, sin olvidar el tremendo Billy (Edwan), todos ellos del grupo 90. Ya pronto estaríamos arribando a Beauvêttes y ella se estacionaría en la acera del parque de la parroquia de María Auxiliadora.
Al bajarnos de su auto fuimos por una nieve a un local que queda frente al obelisco de la avenida Linda Vista. Aunque me guste mucho la nieve, yo no tenía antojo de una, pero ella sí. Yo desde hace varios días atrás le había comentado que tenía ganas de ir a los raspados que venden casi en frente de María Auxiliadora. A pesar de que fuimos a Beauvêttes y ella se había estacionado prácticamente delante del puesto de los raspados, nunca pasó por su mente preguntarse si se me antojaba algo (que no fuera una nieve o un elote), ni recordó aparentemente lo de los raspados.
Ella pidió una nieve de plátano con chocolate. Aunque me encanta el chocolate, no me llamaba la atención para nada el plátano, y me daba un poco de asco el probarlo junto con el chocolate. Ya al llegar a la caja, me atonté al parecer, porque dejé que ella pagara su nieve, sin que yo siquiera pareciese que me interesara invitarla. Y no porque no tuviera dinero, claro que sí traía, y para muchas cosas, pero nunca pasó por mi mente pagarle la nieve. Claro que ella no tardó en sacar su dinero y pagó su nieve. Yo por dentro tenía tantas ganas de un raspado, de preferencia de melón. Por eso yo le seguía preguntando que si no se le antojaba otra cosa, para ver si ella con su intuición femenina adivinaba que yo quería algo más que una nieve.
Nos fuimos a sentar en una banca del parque, donde hayamos sombra. A varios metros frente a nosotros creí distinguir a otro hermano en Cristo del grupo 90. Esta vez era [Arturo], el "grillo". Hice una pauta y le platiqué un poco a Majeaux sobre él. Ella luego me siguió platicando de su semana, de las cosas que la estresan y de su familia. Yo atentamente la escuchaba. La quería besar, y mis inquitas manos y mis traviesos dedos no dejaban de acariciarla. Como muchas ocasiones, sentí en más de una vez cómo sus manos controlaban mis impulsivos dedos y manos. Y aunque aparentemente aprendía la lección, mis desobedientes extremidades seguían acariciándola, pero lo que mi mente no sabía es que ésto la molesta... hasta que me lo dijo.
"Bebé, me molesta que lo hagas", me dijo con un tono firme y molesto, muy directo. ¡Claro que dejé de hacerlo! Apenas la dejé de acariciar y ella inmediatamente me dijo "Gracias". Pasaron pocos segundos, mi estado de ánimo se sintió golpeado, humillado, y mis ojos ya no querían verla. Fue entonces que le dije, con un tono pobre, desanimado y, por dentro, triste, "¿Hay algo más que te moleste?".
Ella pareció sentir mis tristes pensamientos. Quiso reponer su brusquedad con algo de dulzura, pero el daño ya estaba hecho. Yo me sentía triste. Ella preguntóme entonces que si yo le diría a ella, en caso de que hubiese algo que me molestara, que si le diría, justo como ella me lo dijo. Yo, muy apenas mirándola a los ojos, le dije que no. Ella no pareció satisfecha ni contenta con mi actitud, pero ahora jugaba a consentirme con su mirada, la cual se dirigía a mis labios.
Si la dejé besarme. Pero yo ya no me sentía seguro al acariciarla. No me molesta que me corrija, pero sí que me molesté por cómo me lo dijo. Claro que reconozco enormemente que tuve la culpa, por seguirla acariciando, después de que ella con sus manos controlara mis impulsos. Recibí entonces mi merecido, pero no me gustó la manera de su castigo. Pasamos pocos minutos más sentados ahí en la banca. Ya eran casi las siente de la tarde. La gente comenzaba a salir de la misa anterior y Majeaux quiso esperar a que la gran mayoría abandonara la plaza y la iglesia, para así poder salir más libremente de la colonia. Nuestra despedida se acercaba.
Al ver que las filas de los fieles católicos disminuían frente a nosotros y cómo los automóviles de ellos se iban desapareciendo por las calles de los alrededores, mi novia y yo nos paramos y nos dirigimos ahora hacia su auto. Yo en dos o tres ocasiones la abracé, y le dije que la quería mucho. Sé que en el fondo no quería darle tanto cariño después de la forma en que me hizo sentir, pero ella no merecía mi desprecio por una tontería. ¿Merecía yo la forma en que me corrigió por una tontería como las caricias de mis dedos?
Íbamos ya en su auto cuando me dijo que dónde me dejaba. Ella se sentía cansada, no lo dudo. Me dijo que en otra ocasión me llevaría hasta mi casa, pero no se sentía con ganas de manejar más y menos sin conocer el rumbo. Lo entendí perfectamente. Aunque yo nunca le pedí que me llevara hasta Laubax. Yo muy bien podía moverme solo. De hecho yo pensaba acompañarla hasta su casa, como copiloto en su auto, pero ella al parecer no quería eso. Quería dejarme de la parada del autobús.
Fue así que le dije que me dejara por el puente peatonal frente al Soriana de Beauvêttes, a una cuadra de la farmacia Benavides. Nos despedimos, y yo busqué sus labios, quise despertar un poco de pasión. Ella siguió un poco el juego, pero supe reconocer que ella no quería seguir por mucho tiempo. Nos despedimos entonces ya de manera oficial y salí de su auto.
Ya al ir caminando hacia el puente peatonal, volteé a verla, y pude divisar cómo con una de sus manos al parecer quitó algún rastro de saliva de nuestros besos. Me dio risa, pero mi mente no podía dejar de pensar en lo pobre que me sentí con su corrección, que no fue nada fraterna, ni mucho menos amorosa, por más que ella me hubiese dicho "bebé".
Lo único bueno de este día fue que sí fui a misa antes de ver a mi novia, y que vi a mi novia. Lo malo de este día fue que lamentablemente salí regañado, con el autoestima bajo, y aunque sí nos dimos unos pocos besos, no fueron como yo lo hubiese deseado. No gasté dinero en ella, así que pude invitar a mi hermana y a mi mamá a cenar algo.
¿Sabrá Majeaux que tiene un novio muy sensible?
0 Comments:
Post a Comment